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29 June, 2009

HONDURAS DE LA ESPERANZA Por Alfredo M. Cepero. Como ciudadano comprometido con la libertad de mi patria he experimentado una intensa y desbordante alegría este domingo 28 de junio. De hecho, la primera en el ámbito político para los soldados de la libertad de Cuba y los apasionados de la democracia en América en este, por otra parte, nefasto año del 2009. El ejemplo de la conducta cívica, valiente y mesurada de las instituciones jurídicas, políticas y militares hondureñas constituye un faro de esperanza para los pueblos americanos. Pueblos asediados por un totalitarismo voraz que tiene su centro estratégico en La Habana, su banco de financiamiento en Caracas y sus tentáculos en los bolsillos de todos los miserables que venden a sus pueblos a cambio de petróleo venezolano. Comencemos por dejar bien claro que lo ocurrido en Tegucigalpa no fue un golpe de estado como dirán los acólitos de Castro y los asalariados de Chávez. El esplendoroso acontecimiento en la tierra heroica de Francisco Morazán no fue un golpe de estado sino un aldabonazo en defensa de la constitución y un acto de supremo patriotismo. Ya era hora de que los militares en nuestra América revuelta y depauperada entendieran que las armas no son para amedrentar hermanos sino para defender la constitución y proteger el Estado de Derecho. Que, por otra parte, no deben prestar atención a los demagogos que los quieren encerrar en sus cuarteles sino enfrentarlos con las armas en la mano cuando el golpe de estado viene disfrazado de ideología política y diatriba populista. Ese es el golpe de estado con el que se alzaron con el poder los Castro y los Chávez, al igual que pretenden hacerlo sus compinches en Bolivia, Ecuador y Nicaragua. Los hondureños dijeron ¡Basta ya! y no pasarán. Para entender mejor la situación pasemos revista a lo ocurrido en los últimos cuatro años en ese pedazo de América que se llama Honduras. Una nación que ocupa un territorio del tamaño de Cuba y tiene una población de poco más de siete millones de habitantes donde más de la mitad subsisten por debajo del nivel de pobreza. El 27 de noviembre del 2005, Manuel Zelaya fue electo presidente como candidato del conservador Partido Liberal. A mediados de su mandato se va a Caracas y, como Judas, traiciona a los liberales hondureños y se vende, en este caso, por treinta barriles de petróleo. Un año mas tarde, y una vez demostrada su habilidad para la traición, es uno de los pocos mandatarios latinoamericanos a quien se le concede una entrevista privada con Fidel Castro. De allí salió inoculado del virus perverso que lo llevó a aferrarse al poder absoluto aún a costa de violar su juramento de defender la soberanía de Honduras, preservar la democracia y trabajar por la felicidad de su pueblo. Esa fue precisamente la causa de su destitución como mandatario y la razón por la cual los militares hondureños—conminados por el Poder Judicial y avalados por el Poder Legislativo—procedieron a restaurar el ritmo constitucional con su separación expedita e incruenta de una presidencia que había mancillado con su traición. Porque nada menos que de “traición a la patria” cataloga el Artículo 2 de la Constitución Hondureña de 1982 aquellos actos de “suplantación de la soberanía popular y la usurpación de los poderes constitutivos”. Por otra parte, en su orden de arresto los tribunales de justicia especificaron que: “La presencia de fuerzas extrañas, bajo la autorización del presidente, representa una violación de la soberanía nacional.” Se referían a la presencia de agentes nicaragüenses y venezolanos en suelo hondureño con la misión de asistir en el referendo que unilateralmente, y sin consultar al Tribunal Nacional de Elecciones, había convocado Manuel Zelaya. Esto último en violación flagrante del Artículo 51 de la Constitución Hondureña. Los militares por su parte estaban obligados a actuar por la propia constitución que hemos citado, la cual, en su Artículo 3, estipula: “Nadie debe obediencia a un gobierno usurpador ni a quienes asuman funciones ….usando medios o procedimientos que quebranten o desconozcan lo que esta constitución y las leyes establecen.” También actuaron en total concordancia con la Constitución los magistrados que, en cumplimiento de su Artículo 242, designaron al Presidente del Congreso, Roberto Micheletti, como presidente provisional, en sustitución del depuesto Manuel Zelaya. Queda pues demostrado que las instituciones jurídicas, políticas y militares hondureñas actuaron conforme a derecho, que la Constitución fue aplicada y que el Estado de Derecho fue preservado. Los ganadores fueron el pueblo de Honduras y quienes trabajamos por la restauración de una democracia al mismo tiempo representativa y participativa en América. Los perdedores fueron Manuel Zelaya y sus mentores y aliados diabólicos, histéricos y tiránicos que integran esa mafia despreciable a la que llaman ALBA. Sin embargo, los patriotas hondureños confrontan una asechanza que se desplaza en los vientos que soplan desde Washington. En la que fuera hasta hace poco bastión de la lucha por la democracia en Irak, un presidente Obama y su Secretaria de Estado, Hillary Clinton, se empeñan en apaciguar a los enemigos de la libertad y de la convivencia civilizada con frases y acciones ambiguas y dubitativas. La prueba ya la tenemos en las declaraciones de la Secretaria de Estado ante el conflicto hondureño cuando dijo: “Las acciones tomadas contra el Presidente Mel Zelaya violan los preceptos de la Carta Democrática Interamericana y deben ser condenadas por todos.” Todo parece indicar que, como los cubanos en el último medio siglo y los venezolanos en años recientes, los hondureños parecen condenados a tener que defender a solas su vocación por la democracia y su derecho a la libertad. Si desea hacer contacto con el Partido Nacionalista Democrático de Cuba, puede usted pulsar http://www.pndcuba.org

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